Escribe «calle de la Iglesia, Madrid» en el móvil y espera un segundo. No te va a salir una: te va a salir una lista, y el navegador te va a preguntar a cuál de todas quieres ir. Lo mismo pasa con la calle Mayor, con la plaza del Ayuntamiento o con la calle Real. Si alguna vez has recibido un paquete con un día de retraso porque el repartidor se plantó en el otro extremo de la ciudad, la culpa no es del algoritmo. La culpa es de algo que pasó hace más de setenta años.

Madrid se comió trece pueblos en seis años

Entre 1948 y 1954, el término municipal de Madrid absorbió trece municipios que hasta entonces eran independientes, con su alcalde, su ayuntamiento, su iglesia y, por supuesto, su callejero propio. La lista, más o menos por orden:

Madrid pasó de ser una ciudad de término municipal modesto a superar los seiscientos kilómetros cuadrados que tiene hoy. La operación tenía su lógica: la posguerra había traído una avalancha de gente del campo que se instalaba en los pueblos del extrarradio, allí donde el suelo era barato y nadie miraba mucho las licencias. Los ayuntamientos de aquellos pueblos no daban abasto con el alcantarillado, el agua ni las escuelas. Madrid necesitaba suelo para crecer. La anexión resolvía las dos cosas de un plumazo.

Lo que nadie se paró a pensar demasiado fue el papeleo del día siguiente.

Trece pueblos, trece calles Mayores

Aquí está la gracia del asunto. Los pueblos españoles llevan siglos poniendo nombre a sus calles con el mismo puñado de referencias, porque las referencias son las mismas en todas partes: la calle donde está la iglesia se llama calle de la Iglesia. La calle principal, la calle Mayor. La que lleva al cementerio, calle del Cementerio. La que sale hacia el pueblo de al lado, camino de Vallecas, camino de Hortaleza, camino de Fuencarral. Y luego la plaza de la Constitución, la calle Real, la calle de la Fuente, la calle de las Escuelas.

Cuando trece callejeros de este tipo entran de golpe en el de Madrid, el resultado es un lío considerable. De repente el Ayuntamiento se encuentra con más de una calle Mayor, con varias calles de la Iglesia repartidas por puntos de la ciudad que están a quince kilómetros unos de otros, y con un número respetable de plazas de la Constitución que ya no eran de ningún ayuntamiento.

Cómo se deshizo el nudo (y qué se dejó sin deshacer)

La solución fue una mezcla de tres recursos, y se aplicó sin demasiada uniformidad, que es justo el motivo de que el resultado siga siendo desigual.

Rebautizar. Muchas calles duplicadas cambiaron directamente de nombre. Fue el destino habitual de las que estaban en barrios que se iban a reformar de todas maneras, y también de casi todas las plazas de la Constitución, que en aquellos años se convirtieron en plazas dedicadas a figuras del régimen o a santos. Buena parte de aquellos nombres se volvieron a cambiar a partir de 1979, con los primeros ayuntamientos democráticos.

Apellidar la calle. El truco más elegante y el que mejor ha envejecido: dejarle el nombre de siempre y añadirle el del pueblo. Así el vecino no perdía su calle y el cartero sabía dónde iba. De ahí vienen todas esas vías del callejero madrileño que llevan pegado el topónimo de un municipio que ya no existe.

No hacer nada. Cuando dos calles con el mismo nombre quedaban tan lejos una de otra que era difícil confundirlas en la práctica, sencillamente se dejaron vivir. Con el correo de la época funcionaba: el cartero de Villaverde no repartía en Barajas y no había ninguna posibilidad de error. Con una aplicación de reparto que ordena direcciones por texto, ya no funciona tan bien.

El caso Canillas y Canillejas

Si quieres el ejemplo perfecto de por qué esto se lió, no hace falta ni irse a las calles. Dos de los municipios anexionados en 1949 se llamaban Canillas y Canillejas. Dos pueblos distintos, cada uno con su historia, separados por unos pocos kilómetros al noreste, y con nombres que se diferencian en dos letras. Todavía hoy hay madrileños que los usan indistintamente sin saber que está mal.

Algo parecido pasó con Carabanchel Alto y Carabanchel Bajo, dos ayuntamientos independientes que hoy son un único distrito, y con Vallecas, que se partió en dos distritos, Puente de Vallecas y Villa de Vallecas, después de haber sido un solo municipio con uno de los ayuntamientos más poblados de la provincia.

El pueblo sigue debajo del asfalto

Lo bonito de todo esto es que se puede pasear. Los cascos antiguos de aquellos trece municipios no desaparecieron: quedaron envueltos por la ciudad, con su trazado irregular, sus casas bajas y sus plazas descentradas. En Villa de Vallecas, en Barajas, en El Pardo o en Villaverde Alto puedes cruzar en veinte metros la frontera entre el Madrid de bloques y el pueblo que había antes. La pista suele estar en las placas: cuando la calle se estrecha de golpe y los nombres empiezan a hablar de fuentes, eras, pozos y ermitas, estás dentro de un municipio que dejó de existir a mediados del siglo pasado.

Y si te apetece llevarte una a casa, en el generador de placas de tucalle.com puedes componer la tuya con el formato clásico del callejero madrileño, ya sea la de tu calle de verdad o la de ese pueblo que ahora es un barrio.

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