El 4 de abril de 1910, Alfonso XIII se plantó en la calle de Alcalá con una piqueta ceremonial en la mano y arreó el primer golpe a la fachada de la llamada Casa del Cura, la vivienda del párroco de San José. Aquel gesto de escaparate abría oficialmente las obras de la avenida que iba a partir Madrid en dos. Alrededor, medio barrio esperaba la piqueta de verdad: más de 300 fincas condenadas, callejones enteros que iban a desaparecer del plano y vecinos que se quedaban sin portal.

Todo el mundo la llamaba ya la Gran Vía. Lo curioso es que ese nombre no aparecería en una placa oficial hasta 1981. Setenta y un años después.

Una calle bautizada por una zarzuela

El apodo venía de antes incluso de que existiera la calle. En 1886 se estrenó La Gran Vía, la zarzuela de Chueca y Valverde, una broma musical sobre un proyecto urbano que Madrid llevaba décadas prometiendo y no acababa de empezar. Las calles del viejo Madrid salían a escena a quejarse de que las iban a derribar. El público se lo aprendió, la expresión se quedó pegada al proyecto y, cuando por fin llegaron las excavadoras, la ciudad ya tenía decidido cómo llamar a aquello.

El Ayuntamiento, sin embargo, tenía otros planes. Y no uno, sino tres.

Tres nombres a la vez: la calle que eran tres calles

La Gran Vía no se construyó de un tirón. Se hizo por tramos, cada uno con sus años de obra, sus pleitos de expropiación y su parón, y cada tramo recibió su propio nombre. Durante décadas, recorrerla de punta a punta significaba cambiar tres veces de calle sin girar en ninguna esquina:

El detalle que vuelve loco a cualquiera que hoy busque una dirección antigua: cada avenida tenía su numeración independiente. Los portales empezaban de nuevo en el 1 en cada cambio de nombre. Así que un anuncio de los años veinte que diga «Pi y Margall, 5» y otro que diga «Conde de Peñalver, 5» apuntan a dos edificios distintos de la misma línea recta.

La avenida de los obuses

En noviembre de 1936 el frente se paró en la Ciudad Universitaria, a poco más de dos kilómetros. La artillería franquista tenía la Gran Vía a tiro y la castigó sin descanso. Los madrileños, que para el humor negro no necesitan ensayo, la rebautizaron por su cuenta: avenida de los Obuses, y también calle del Quince y Medio, por el calibre de los proyectiles que caían. La gente cruzaba pegada a la acera que quedaba a resguardo de la trayectoria, y sabía cuál era.

El Ayuntamiento republicano hizo su propio movimiento y dedicó la avenida a la Unión Soviética, el aliado que enviaba material y asesores. Fue el nombre más breve de los cuatro: apenas duró lo que duró la guerra en Madrid.

1939: todo pasa a llamarse José Antonio

Terminada la guerra, la nueva corporación municipal hizo limpieza de nomenclatura en toda la ciudad, y la Gran Vía fue de las primeras. Los tres tramos se unificaron por fin bajo un solo rótulo, avenida de José Antonio, por el fundador de Falange fusilado en Alicante en 1936. Pi y Margall desapareció del centro, y con él la numeración triple: a partir de ahí la calle tuvo por primera vez un solo nombre y una sola serie de portales, los que siguen vigentes hoy.

Y durante cuarenta y dos años se produjo la situación más madrileña posible: las placas decían José Antonio, los sobres decían José Antonio, los taxistas decían Gran Vía y nadie se hacía un lío.

1981: la calle recupera su apodo

Con el Ayuntamiento de Enrique Tierno Galván llegó la revisión de los nombres heredados del franquismo, y en 1981 el consistorio aprobó lo que la ciudad llevaba repitiendo desde 1886: la avenida pasaba a llamarse, oficialmente y para siempre, Gran Vía. Sin santo, sin prócer, sin apellido. Un nombre que no describe a nadie, solo a la propia calle.

Los otros dos siguen vivos en Madrid, mudados de barrio: hay una calle de Eduardo Dato en Chamberí, subiendo desde la glorieta de Rubén Darío, y una calle de Conde de Peñalver en Salamanca, larga y comercial. Si te fijas, la ciudad rara vez tira un nombre; suele mudarlo de sitio.

Qué mirar la próxima vez que la bajes

Baja desde Alcalá hacia plaza de España y ve marcando las costuras. El Metrópolis y el edificio Grassy pertenecen al Madrid de Conde de Peñalver, el más afrancesado y el más estrecho. A la altura de la Telefónica cambias de tramo y de época: ahí empieza el Madrid que quiso parecerse a Chicago, y ese edificio fue precisamente el observatorio desde el que la prensa internacional narró los bombardeos. Pasado Callao, el tramo de Eduardo Dato es el más ancho y el más tardío, con los cines y los rótulos que le dieron a la calle su fama de escaparate.

Ninguna placa cuenta nada de esto. Dice «Gran Vía» y punto, con esa sobriedad de esmalte que Madrid usa igual para una calle de tres siglos que para una de tres años. Si te apetece jugar con la idea, en el generador de placas de tucalle.com puedes componer tu propia versión con cualquiera de los cuatro nombres y ver cómo habría quedado la esquina en 1917, en 1937 o en 1960. Avisamos: la de «Avenida de los Obuses» no fue nunca oficial, pero es la que mejor cuenta lo que pasó ahí.

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