Sal de Plaza de España andando hacia el norte y no tuerzas. Ni una vez. Cruza las glorietas de frente, como si te fueran a poner una multa por girar. Veinticinco minutos después estás en Colón, delante de la bandera gigante, y has pisado cinco calles distintas sin cambiar de acera.
Empezaste en Princesa. Al llegar a Argüelles, la placa dijo Alberto Aguilera. En la glorieta de Ruiz Jiménez pasó a llamarse Carranza. En Bilbao, Sagasta. En Alonso Martínez, Génova. Cuatro cambios de nombre en un trazado que no se ha desviado ni un metro. Si le pides a alguien que te lleve «por la calle esa larga», no sabrá cuál le dices, porque esa calle larga no existe: existen cinco calles cortas puestas en fila.
La muralla que ya no está pero sigue mandando
Ese eje no es una calle: es el borde de un Madrid que se quedó pequeño. Sigue la línea de la cerca de Felipe IV, la tapia levantada en 1625 que marcó el límite de la ciudad durante más de dos siglos. Por dentro, Madrid. Por fuera, campo, huertas y ventas.
Cuando la cerca se derribó en el siglo XIX, quedó lo de siempre en estos casos: un espacio libre, larguísimo y estrecho, listo para convertirse en avenida. Pero no se urbanizó de golpe. Se fue haciendo a trozos, cada uno en su década, cada uno con su promotor y su ayuntamiento de turno. Y cada trozo se bautizó por su cuenta. Las glorietas donde cambia el nombre son precisamente las costuras: ahí había puertas y portillos por donde se entraba a la ciudad, y ahí terminaba lo que cada generación de munícipes consideraba «un tramo».
Caminos que iban a pueblos de verdad
El otro gran motivo tiene nombre de pueblo. Coge la calle de Fuencarral en Gran Vía y súbela entera. Cuando llegues a la glorieta de Quevedo, la calle deja de llamarse Fuencarral y pasa a llamarse Bravo Murillo, y así sigue por Cuatro Caminos hasta Plaza de Castilla.
Es el mismo camino. Literalmente. Era la salida de Madrid hacia el norte, y se llamaba «de Fuencarral» porque llevaba a Fuencarral, que entonces era un municipio con su ayuntamiento, su alcalde y su término. Madrid se lo anexionó en 1950, junto con otros doce pueblos que hoy son barrios: Vallecas, Chamartín de la Rosa, Canillas, Barajas, Villaverde, Hortaleza, los dos Carabancheles, Vicálvaro, Aravaca, Canillejas y El Pardo. Trece municipios tragados entre 1948 y 1954.
Cuando un pueblo entero entra en la ciudad, sus calles entran con él, con sus nombres puestos. Nadie se molesta en renumerar veinte kilómetros de caminos: se deja el tramo viejo como está y se le pone otra placa al tramo nuevo. El resultado es lo que pisas hoy.
Santa Engracia es un caso hermano y más discreto. Sube desde Alonso Martínez, atraviesa Chamberí entera y, al llegar a Cuatro Caminos, simplemente se acaba. La glorieta se la come. Al otro lado, quien sigue subiendo ya va por Bravo Murillo, y casi nadie se entera de que ha cambiado de calle mientras esperaba en el semáforo.
El caso que todos pisamos sin mirar
Y luego está el más evidente de todos, tan a la vista que ya no lo vemos. Paseo del Prado, Paseo de Recoletos, Paseo de la Castellana. Una sola línea desde Atocha hacia el norte, partida en tres por Cibeles y por Colón. Nadie diría que Atocha y Nuevos Ministerios están en la misma calle, y sin embargo lo están, con dos plazas de por medio haciendo de frontera.
| Eje | Nombres que se suceden | Dónde cambia | Por qué |
|---|---|---|---|
| La ronda del norte | Princesa, Alberto Aguilera, Carranza, Sagasta, Génova | Ruiz Jiménez, Bilbao, Alonso Martínez | Trazado de la cerca de Felipe IV, urbanizado por tramos |
| La salida a Francia | Fuencarral, Bravo Murillo | Glorieta de Quevedo | Camino histórico hacia el pueblo de Fuencarral |
| Chamberí arriba | Santa Engracia, Bravo Murillo | Cuatro Caminos | Dos calles distintas que la glorieta empalmó |
| El paseo central | Prado, Recoletos, Castellana | Cibeles y Colón | Tres proyectos de tres épocas sobre el mismo arroyo |
Por qué esto le arruina el día a un repartidor
Aquí viene la parte que se nota en la vida real. En Madrid, la numeración de cada calle empieza por el extremo más cercano a la Puerta del Sol. Cada calle. Es decir: cada vez que el eje cambia de nombre, los portales vuelven a empezar por el 1.
Eso significa que en esa recta de Plaza de España a Colón hay un número 12 cinco veces. Cinco portales distintos, todos en la misma línea, separados por cientos de metros. Un paquete mal escrito, un cliente que dice «estoy en el 12, en la calle grande esa», y el repartidor da tres vueltas.
Con un taxi es una anécdota. Con una ambulancia deja de tener gracia: el aviso llega con un número, el conductor necesita saber a cuál de los cinco tramos ir, y la diferencia entre Sagasta y Alberto Aguilera son varios minutos de sirena. Por eso los servicios de emergencia trabajan con coordenadas y con puntos de referencia, no fiándose solo del nombre y el número que les canta quien llama.
Prueba a hacer el paseo un domingo por la mañana, cuando hay poco tráfico y se oyen las placas mejor. Ve mirando arriba en cada glorieta y verás el momento exacto en que la ciudad decide que ya estás en otro sitio, aunque tú no hayas hecho nada más que seguir andando. Y si te queda ganas de jugar, en el generador de placas de tucalle.com puedes fabricarte la tuya y ponerle a tu portal el nombre que a Madrid nunca se le ocurrió.