El 2 de julio de 1886, en el Teatro Felipe, un público entregado salió tarareando una revista musical titulada La Gran Vía. La música era de Chueca y Valverde, y la broma consistía en que las calles del viejo Madrid, convertidas en personajes, se quejaban de que iban a derribarlas para abrir una avenida enorme de la que todo el mundo hablaba y que nadie había visto.
No la habían visto porque no existía. Ni un metro. Faltaban veinticuatro años para que alguien levantara la primera piedra. Y sin embargo, el nombre ya estaba puesto: la gente de Madrid llamaba Gran Vía a una calle imaginaria mientras la administración se pasaba tres décadas discutiendo expedientes.
El día que un rey derribó una casa
El 4 de abril de 1910, Alfonso XIII dio el primer golpe con una piqueta de plata contra la fachada de la casa del cura de San José, en la calle de San Miguel. Se abrió la avenida a costa de tumbar callejones enteros del barrio: mucha gente perdió su casa para que Madrid tuviera su bulevar.
Lo que vino después es lo interesante. La obra no se hizo de una vez, sino en tres tramos separados por años y por crisis económicas. Y como cada tramo se terminaba bajo un ayuntamiento distinto, cada tramo recibió su propio nombre. Durante décadas, caminar del principio al final de la actual Gran Vía significaba cambiar de calle dos veces sin girar ni una esquina.
Tramo uno: avenida del Conde de Peñalver
Del arranque en la calle de Alcalá hasta la Red de San Luis. Se llamó así por el conde de Peñalver, alcalde de Madrid y uno de los que empujaron el proyecto cuando todavía era papel mojado. Un premio municipal en toda regla: le pusieron su apellido al tramo más visible.
Tramo dos: avenida de Pi y Margall
De la Red de San Luis a Callao. El homenaje fue para Francisco Pi y Margall, federalista catalán y presidente de la Primera República. Es el tramo del edificio de Telefónica, el rascacielos de 1929 que durante años fue el edificio más alto de Europa y que sirvió de referencia para los artilleros durante la guerra.
Tramo tres: avenida de Eduardo Dato
De Callao a la plaza de España, terminado ya entrados los años treinta. Eduardo Dato había sido presidente del Consejo de Ministros y murió tiroteado dentro de su coche en marzo de 1921. Ponerle su nombre al último tramo fue la respuesta municipal al magnicidio.
Ahí queda el mapa: poco más de un kilómetro de calle repartido entre un alcalde monárquico, un republicano federal y un presidente conservador asesinado. Un cartero podía recorrer el Madrid político entero en un paseo de quince minutos.
Y llegó la guerra
En 1936 el callejero se convirtió en un parte de guerra. Madrid resistía, la Unión Soviética era el aliado que mandaba material, y el primer tramo dejó de honrar al conde de Peñalver para llamarse avenida de Rusia. Pi y Margall, republicano de pura cepa, se quedó donde estaba: ese nombre no molestaba a nadie en el Madrid del 36. Dato, en cambio, desapareció de las placas.
Pero el nombre que de verdad usaban los madrileños de aquellos años no lo aprobó ningún pleno. Los obuses caían con puntería sobre la avenida y la gente empezó a llamarla avenida de los Obuses y, con ese humor negro que aquí no falla ni bajo el fuego, avenida del Quince y Medio, por el calibre de los proyectiles. Ningún rotulista lo escribió jamás. Todo el mundo sabía a qué calle te referías.
Un nombre para toda la avenida
En 1939 llegó la unificación. Los tres tramos se fundieron en un único rótulo, avenida de José Antonio, por el fundador de Falange. Fue la primera vez en su historia que la calle tuvo un solo nombre de punta a punta, y duró más de cuatro décadas: los carteles de los cines, los membretes de las tiendas y los sobres de media España llevaron esa dirección durante dos generaciones.
Hasta que en 1981, con Tierno Galván de alcalde, el Ayuntamiento hizo lo obvio: llamar a la calle como la llamaba la gente. Gran Vía, oficialmente y entera. Setenta y un años después del piquetazo del rey, y noventa y cinco después de que Chueca estrenara la zarzuela.
Lo que enseñan las placas
Si ordenas los rótulos por fechas —Peñalver, Pi y Margall, Dato, Rusia, José Antonio, Gran Vía— te sale un resumen bastante fiel del siglo XX español sin necesidad de abrir un manual. Cada régimen que llegó a Madrid entendió que el callejero era suyo y que colocar un apellido en una esquina era una forma barata y duradera de firmar.
Y en los seis casos ganó el mismo nombre: el que nadie había decretado. La gente decía Gran Vía en 1886, cuando la calle era una maqueta; lo decía en 1930, cuando en la placa ponía Peñalver; y lo seguía diciendo en 1970, cuando en el sobre había que escribir José Antonio. El rótulo oficial siempre fue por detrás. (Si te pica la curiosidad de ver tu propio nombre con la tipografía y el azul de las placas municipales, en el generador de tucalle.com se monta en un minuto.)
La próxima vez que la subas desde Alcalá, fíjate en las costuras. Los edificios delatan los tramos: en el primero domina el aire afrancesado de principios de siglo; al llegar a Callao aparecen las líneas del Carrión —el del rótulo de Schweppes—, inaugurado en 1933 y puro art déco de su época. Son tres calles distintas puestas en fila. Solo que ahora comparten placa.