Párate un momento delante de una placa cualquiera del centro de Madrid. Pongamos la de la Costanilla de San Andrés, esa que baja desde la plaza de los Carros hacia la plaza de la Paja. Casi todo el mundo lee «San Andrés» y sigue andando. La palabra interesante, sin embargo, es la primera: costanilla. No está ahí por adorno ni porque sonara bien en el siglo XVII. Está ahí porque describe algo concreto: que eso es una cuesta, y de las cortas.

Madrid tiene decenas de tipos de vía oficiales más allá de «calle» y «avenida», y prácticamente todos nacieron como una descripción. Alguien miró el terreno, o recordó qué había allí, y lo puso en el nombre. Siglos después seguimos usando esa etiqueta sin saber qué significa. Vamos a repasarla, con ejemplos que se pueden comprobar caminando.

Costanilla: la palabra que te avisa de que vas a subir

Es un diminutivo de cuesta, y se aplica a calles cortas con una pendiente más pronunciada que la de su entorno. En el Madrid antiguo hay unas cuantas y todas cumplen: la Costanilla de San Andrés, la Costanilla de los Ángeles (junto a Ópera), la Costanilla de Santiago, la Costanilla de San Pedro o la Costanilla de los Desamparados, camino del barrio de las Letras.

Si alguna vez te ha extrañado que el casco viejo se suba tan mal en verano, la respuesta está en las placas. Madrid está construido sobre una serie de barrancos que bajan hacia el Manzanares, y las costanillas son la huella de esos desniveles en el callejero. Su hermana mayor es la cuesta: la de San Vicente, la de la Vega o la famosa Cuesta de Moyano de los libros de viejo.

Cava: aquí había un foso

Este es el que más sorprende al vecino de toda la vida. Cava Baja, Cava Alta y Cava de San Miguel no tienen nada que ver con el vino espumoso. Cava significa excavación, foso. Esas tres vías siguen el trazado del foso defensivo que corría por el exterior de la muralla medieval de Madrid.

La geografía lo delata: la Cava Baja y la Cava de San Miguel discurren en curva, como discurren las cosas que bordean algo. Y si te asomas a la Cava de San Miguel desde la plaza Mayor, verás una hilera de casas con una cantidad de plantas casi absurda por la parte de atrás. Están salvando el desnivel del antiguo foso. La muralla desapareció; el hueco donde estaba lo sigue marcando el callejero.

Ronda: el borde del Madrid que se acabó

Las rondas son el perímetro de un límite urbano que ya no existe. Ronda de Segovia, Ronda de Toledo, Ronda de Valencia y Ronda de Atocha dibujan el arco sur del Madrid amurallado por la cerca de Felipe IV, levantada en el siglo XVII. Durante más de dos siglos, cruzar esa línea era salir de la ciudad.

Por eso las rondas están salpicadas de nombres de puertas: Puerta de Toledo, Puerta Cerrada, la glorieta de Embajadores. Eran los pasos por donde se entraba y se pagaba. Cuando la cerca se derribó, la ciudad se comió el campo que había detrás, pero conservó la palabra. Hoy en día, si te fijas, la propia M-30 y la M-40 no son más que la versión motorizada de la misma idea.

Corredera y carrera: caminos para ir deprisa

La Corredera Alta de San Pablo y la Corredera Baja de San Pablo, en pleno Malasaña, comparten raíz con el verbo correr. Eran vías anchas y despejadas a las afueras del núcleo antiguo, del tipo de espacio donde se corría, ya fuera ganado, caballos o gente. Hay más de una versión sobre qué se corría exactamente allí; la etimología, en cambio, no admite mucha discusión.

La carrera es prima de la corredera y bastante más reconocible: la Carrera de San Jerónimo y la Carrera de San Francisco eran los caminos anchos que llevaban desde el centro hasta el monasterio de San Jerónimo el Real y hasta San Francisco el Grande, respectivamente. El nombre indica destino, no velocidad.

Travesía, pasadizo, callejón: la letra pequeña del plano

Una travesía es una vía corta que atraviesa de una calle a otra. Madrid tiene bastantes y suelen pasar desapercibidas: Travesía del Arenal, Travesía de Trujillos, Travesía de San Mateo, Travesía del Conde Duque. Son el atajo hecho nombre.

El pasadizo es todavía más estrecho y a menudo va cubierto o encajonado entre edificios. El más conocido es el Pasadizo de San Ginés, donde está la chocolatería, un tubo entre muros que en su día formaba parte del entorno de la iglesia.

Y el callejón, claro. El Callejón del Gato, que oficialmente se llama calle de Álvarez Gato, es un caso perfecto de placa que pierde contra el habla de la gente: nadie usa el nombre oficial, y encima los espejos deformantes de su pared alimentaron el esperpento de Valle-Inclán en Luces de bohemia.

Paseo y glorieta: vocabulario de jardín

El paseo llegó con el urbanismo ilustrado: vías anchas y arboladas pensadas para caminar sin más objetivo que caminar. Prado, Recoletos y la Castellana forman el eje más famoso de la ciudad, y no por casualidad son también donde se plantaron los museos y las fuentes.

La glorieta viene directamente del vocabulario de jardinería: era el espacio circular donde confluían varios paseos dentro de un jardín. De ahí saltó al plano urbano. Bilbao, Cuatro Caminos, Quevedo, Embajadores. Cuando dices «nos vemos en la glorieta», estás usando, sin saberlo, la palabra que un jardinero del siglo XVIII habría entendido a la primera.

Un paseo para ponerlo a prueba

Si quieres verlo todo junto en menos de media hora, empieza en Puerta Cerrada, baja la Cava Baja entera, gira hacia la Costanilla de San Andrés, sube a la plaza de la Paja y termina asomándote a la Ronda de Segovia. En ese tramo tan corto has recorrido un foso medieval, una vaguada natural y el borde del Madrid amurallado, y las tres cosas te las han contado las placas.

Cuando vuelvas a casa, mira tu propia dirección con esa lupa. Si vives en una travesía, alguien decidió hace tiempo que tu calle servía para pasar de una a otra. Si vives en una costanilla, ya lo sabías por las bolsas de la compra. Y si te apetece llevarte la tuya a una pared, en el generador de placas de tucalle.com puedes componerla con el formato clásico madrileño y comprobar qué tal le sienta a tu portal ese primer palabro.

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