El 4 de abril de 1910, Alfonso XIII dio un golpe de piqueta ceremonial en la Casa del Cura, el edificio pegado a la iglesia de San José. Con aquel golpe empezaba la Gran Vía. Y empezaba también la desaparición de un trozo del plano de Madrid.

Las calles que desaparecieron para hacer la Gran Vía (y el pueblo que borró Central Park)

Los números de la obra son de los que no se olvidan. Cayeron cerca de 300 inmuebles. Catorce o quince calles —según quién haga la cuenta— dejaron de existir. Otras treinta y cuatro quedaron recortadas, partidas o convertidas en callejones sin salida. Se levantaron 9.000 metros cuadrados de acera y 29.000 de adoquín. Se retiraron 274 farolas.

Un plano tiene memoria, pero no mucha

Piensa en lo que significa que una calle desaparezca. No es que le cambien el nombre. Es que la gente que decía «vivo ahí» pasa a no poder señalar el sitio. Los que se mudaron de aquellas casas se fueron a barrios que sí seguían en el mapa, y a los diez años ya casi nadie sabía por dónde iban las que se habían borrado.

La ironía es que la avenida que se las tragó tampoco tuvo nunca el nombre claro. Se proyectó por tramos y cada tramo llevó el suyo: avenida del Conde de Peñalver, avenida de Pi y Margall, avenida de Eduardo Dato. Luego, durante la dictadura, entera pasó a llamarse avenida de José Antonio. Y solo en 1981 el ayuntamiento hizo oficial el nombre que los madrileños usaban desde el principio y que no honra a nadie: Gran Vía.

Un caso raro, si lo piensas. Cuatro nombres oficiales para la calle que borró quince.

Al otro lado del charco pasó lo mismo, pero al revés

Cincuenta años antes de la piqueta de Alfonso XIII, en Nueva York hicieron la operación contraria: en vez de abrir una avenida por dentro de la ciudad, vaciaron un trozo de ciudad para dejarlo verde.

En 1853, el estado autorizó la compra de 750 acres de Manhattan para construir Central Park. Aquel terreno no era un descampado: encima vivían unas 1.600 personas. Había granjas pequeñas, huertas y varios asentamientos, y entre ellos uno con nombre propio, Seneca Village.

Aquel pueblo llevaba en pie desde 1825. En el censo de 1855 vivían allí unas 225 personas, dos tercios negras y un tercio irlandesas, con alguna familia alemana. Tenían tres iglesias, una escuela y un cementerio. Se levantaba entre las actuales calles 82 y 89, en el lado oeste del parque.

La ciudad expropió. Tasó las casas, pagó por ellas y en 1857 no quedaba nadie. Al año siguiente, Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux ganaron el concurso de diseño y convirtieron aquello en praderas, lagos y caminos sinuosos.

Un pueblo sin placas

Y aquí está el detalle que le interesa a cualquiera que se fije en las placas de las calles: Seneca Village nunca llegó a tener una. Las manzanas donde estaba figuraban en el plano de la ciudad como números, dibujadas sobre el papel antes de que allí se abriera ninguna calle de verdad. Cuando el parque se comió el sitio no hubo nombres que retirar, porque no los había.

Por eso el pueblo tardó siglo y medio en volver al mapa. Hoy hay un cartel en mitad del parque, entre las calles 84 y 86, junto al pinar Arthur Ross, que cuenta quién vivía allí. Es lo más parecido a una placa que tiene.

Lo que ves cuando sabes qué había debajo

La próxima vez que bajes por Gran Vía desde la plaza de España, prueba a mirarla de otra manera. Los edificios que la flanquean son casi todos de entre 1910 y 1929, así que la avenida entera es una foto fija de veinte años de arquitectura madrileña. Pero debajo del asfalto está el negativo: quince calles de las que ya no queda ni el nombre, y unas 300 casas cuyos vecinos tuvieron que buscarse la vida en otro barrio.

Ninguna ciudad crece sin borrar algo. Lo que cambia de una a otra es si queda constancia de lo borrado. Madrid guarda los expedientes de expropiación en los archivos municipales. Nueva York tuvo que esperar a 2011, cuando un equipo de arqueólogos de Columbia y la City University desenterró los cimientos de una casa, un cepillo de dientes y la suela del zapato de un niño para poder poner un cartel con la verdad.

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