Un operario subido a una escalera, un taladro y una placa nueva envuelta en cartón. Abajo, dos vecinos mirando con las manos en los bolsillos. La placa que baja de la pared dice «Calle del General Millán Astray». La que sube dice «Calle de la Maestra Justa Freire».

Años después, en esa misma esquina, hubo otra vez escalera, otra vez taladro y otra vez placa. Solo que el nombre que subía era el que había bajado.

Entre una escena y la otra caben una ley estatal, un comisionado municipal, un pleno, un puñado de recursos y varias sentencias. Y también unas cuantas facturas, escrituras y paquetes de mensajería que se quedaron un tiempo sin saber muy bien a dónde iban. Merece la pena contarlo despacio, porque casi nadie sabe cómo se le cambia el nombre a una calle.

De dónde salía la lista

La Ley 52/2007, la que todo el mundo llama de Memoria Histórica, dedica su artículo 15 a los símbolos: manda retirar escudos, insignias, placas y menciones que exalten el levantamiento militar, la Guerra Civil o la represión posterior. No traía adjunto un listado de calles. Decía qué había que quitar y dejaba a cada ayuntamiento la tarea de mirarse su propio callejero.

Madrid tardó. En 2016 el Ayuntamiento creó un Comisionado de la Memoria Histórica, presidido por la abogada Francisca Sauquillo, con el encargo de peinar el nomenclátor nombre a nombre y proponer cambios. De ahí salió una lista que el Pleno aprobó en 2017 y que rondaba el medio centenar de vías.

Aquí está el detalle que lo explica casi todo, y que se perdió en el ruido: el criterio no era «esta persona fue franquista». El criterio era si el nombre exaltaba el golpe, la guerra o la represión. Suena a matiz de abogado. Fue la bisagra sobre la que giró después todo el asunto.

Los nombres de repuesto tenían su propia lógica: maestras, científicas, poetas, vecinas del barrio, instituciones educativas. Justa Freire era eso, una maestra republicana apartada de la enseñanza al terminar la guerra. La avenida de los Hermanos García Noblejas se propuso como avenida de la Institución Libre de Enseñanza.

Quién firma el cambio

El trámite es menos épico de lo que parece. En Madrid los nombres de las vías los aprueba la Junta de Gobierno, con informes previos por medio, y el acuerdo se publica en el Boletín Oficial del Ayuntamiento. A partir de ahí se corrige el callejero oficial, que es la base de datos de la que beben el padrón, el Catastro, los servicios de emergencia, Correos y todas las empresas que reparten algo en esta ciudad.

La placa es lo último y lo más barato. Lo caro y lo lento es la onda expansiva.

Qué pasa con tu dirección cuando tu calle cambia de nombre

Si te toca, no tienes que ir a ninguna ventanilla: el padrón se actualiza de oficio y el Ayuntamiento comunica el cambio a Catastro y a los organismos que se nutren del callejero. Tu piso sigue siendo tu piso, con su mismo número y su mismo portal.

Lo que se atasca es lo privado. El banco, la aseguradora, la compañía de la luz, la matrícula del colegio, la tienda donde compras online. Nadie va a avisarles por ti. Y luego está el papeleo antiguo: la escritura, el contrato de alquiler, la hipoteca, el certificado de dominio del Registro de la Propiedad, todos con un nombre de calle que ya no aparece en ningún mapa. No invalida nada, pero obliga a explicarlo cada vez.

Por eso lo habitual es que el nombre viejo siga funcionando durante un tiempo en el callejero, conviviendo con el nuevo, para que las cartas lleguen mientras la ciudad se pone al día. En los primeros meses es normal ver las dos placas en la misma fachada.

Y entonces llegaron los juzgados

Varios de aquellos cambios acabaron recurridos ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid por asociaciones y particulares. Nombres como Millán Astray, Caídos de la División Azul o Crucero Baleares entraron en la vía contencioso-administrativa.

El tribunal no dijo que la ley estuviera mal ni que las calles fueran intocables. Dijo algo mucho más administrativo: que el Ayuntamiento tenía que motivar caso por caso por qué ese nombre concreto exaltaba el golpe, la guerra o la represión, y que en varios expedientes esa justificación individual no estaba lo bastante trabajada. Un defecto de forma, en el fondo. Suficiente para anular los acuerdos.

Así que hubo que devolver las placas. Cambios que se habían hecho con papeleo, presupuesto y escalera se deshicieron con papeleo, presupuesto y escalera. Parte de la lista se quedó como estaba tras el cambio; otra parte volvió al punto de partida. El callejero de Madrid quedó con esa cicatriz doble.

La Ley 20/2022, de Memoria Democrática, endureció después la obligación y previó que la Administración del Estado pueda actuar cuando un ayuntamiento no lo haga. Pero la lección del procedimiento sigue siendo la misma: el nombre de una calle se cambia con un expediente, y un expediente flojo se cae.

No era la primera vez

Madrid ya había hecho esto antes, y sin un solo recurso. La primera corporación democrática, con Tierno Galván de alcalde, devolvió a la avenida del Generalísimo su nombre de paseo de la Castellana, convirtió la calle del General Mola en Príncipe de Vergara y unificó los tres tramos de la avenida de José Antonio bajo el nombre que los madrileños llevaban usando toda la vida: Gran Vía.

Esa calle es campeona absoluta del cambio de placa. Conde de Peñalver, Pi y Margall, Eduardo Dato, avenida de Rusia, avenida de México, José Antonio. Cada nombre, un momento del país. Y por debajo de todos ellos, la gente diciendo «Gran Vía» sin inmutarse.

Para el paseo

Si te apetece verlo, fíjate en las fachadas cuando camines por barrios de los años cuarenta y cincuenta: en Ciudad Lineal, en Tetuán, en Carabanchel. A veces queda la marca de la placa antigua en el revoco, cuatro agujeros y un rectángulo más limpio que el resto del muro. También aparecen rótulos pintados en los portales o grabados en la cerámica del zaguán, que nadie tocó porque no son municipales.

Y si te has quedado con ganas de tener una placa con el nombre que tú quieras, sin pleno, sin expediente y sin sentencia, en tucalle.com puedes diseñarla con el estilo del callejero madrileño y ponerla donde te dé la gana.

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