Un domingo de julio, a las siete de la mañana, un tipo se planta en la Puerta del Sol con una botella de agua y la idea de recorrer la calle de Alcalá entera, de principio a fin. Sale con las tiendas cerradas y las palomas dueñas de la plaza. Cuando termina, cinco distritos después, está en San Blas, al lado de la M-40, mirando un polígono. Ha andado 10,5 kilómetros y no se ha desviado ni una vez. La placa que tiene encima dice exactamente lo mismo que la primera: calle de Alcalá.
Ese es el récord, y lo curioso es que no lo gana por ser la vía más importante ni la más ancha, sino por una razón casi burocrática: porque nadie le cambió el nombre por el camino.
Alcalá: 10,5 kilómetros y más de 600 portales
La calle de Alcalá arranca en el kilómetro cero y atraviesa Centro, Retiro, Salamanca, Ciudad Lineal y San Blas-Canillejas. Dieciséis barrios. Más de seiscientos portales numerados en fila india, lo que significa que puedes vivir en el número 20 y trabajar en el 600 y decirle a alguien, sin mentir, que trabajas en tu misma calle.
La razón de esa longitud está en su origen: no nació como calle urbana, sino como el camino de Alcalá, la salida natural de Madrid hacia Alcalá de Henares. Las ciudades crecen y se van comiendo sus propias carreteras. Lo que era un camino entre huertas quedó absorbido por la ciudad manzana a manzana, y a nadie se le ocurrió partirlo en tramos con nombres distintos. Por el camino se convirtió en la calle de los banqueros del XIX, se llenó de palacios, de la Cibeles, de la Puerta de Alcalá, y de ahí para arriba se fue haciendo cada vez más suburbana, hasta acabar en talleres y naves.
Y entonces, ¿por qué no gana la Castellana?
Aquí está la trampa que hace que la pregunta tenga gracia. Si te pones a mirar el mapa a ojo, el eje que baja del norte hasta Atocha parece mucho más largo. Y lo es. Pero no es una calle: son tres.
El paseo de la Castellana mide unos 6,4 kilómetros y muere en Colón. A partir de ahí ya estás en el paseo de Recoletos, y más abajo en el paseo del Prado. Tres nombres, tres vías distintas en el callejero, tres numeraciones que empiezan otra vez por el uno. Puedes caminarlo del tirón sin cruzar un solo semáforo perpendicular y seguir siendo, a efectos oficiales, un señor que ha estado en tres sitios.
Esa es la regla, y es más simple de lo que parece: una vía acaba donde acaba su nombre. El callejero municipal no mide asfalto continuo, mide denominaciones. Cada vía tiene su código, su eje trazado en la cartografía y su serie de portales, que arranca en el 1 y se acaba cuando otra placa dice otra cosa. Da igual que la calzada siga recta durante kilómetros: en cuanto cambia el rótulo, cambia la ficha.
Por eso las que compiten de verdad por el título son las vías largas de nombre único, como Arturo Soria o Bravo Murillo, y ninguna se acerca a Alcalá. Y por eso tampoco vale meter en la lista a la M-30, aunque tenga hasta empresa municipal con nombre de calle (Madrid Calle 30). Una autopista de circunvalación no reparte portales ni tiene vecinos empadronados en ella. Compite en otra categoría.
Rompelanzas: la más corta, y con un solo portal
En el otro extremo del ranking hay una calle por la que has pasado treinta veces sin enterarte. Está en pleno triángulo Sol-Callao, uniendo Preciados con el Carmen, y por ella circula al día más gente que por barrios enteros de la periferia. Se llama calle de Rompelanzas y se acaba antes de que te dé tiempo a mirar el móvil.
Es la más corta de Madrid y también la más estrecha. Y tiene un detalle que la convierte en una rareza administrativa: un único portal. Toda la calle, con su placa, su código y su ficha en el callejero, para un solo número.
Con los metros pasa algo divertido: según dónde mires, te dicen 16, 20 o 27. No es que nadie sepa contar. Es que medir una calle tan corta depende de dónde pongas el punto exacto de inicio y de final —el eje de la calzada, la línea de fachada, la esquina teórica de las dos vías que la cortan— y en algo de veinte metros esos matices se notan una barbaridad. En Alcalá, una diferencia de siete metros es ruido. En Rompelanzas, es un tercio de la calle.
El nombre, por cierto, no viene de ninguna justa medieval con caballeros. La lanza era la vara de madera que unía el carruaje al tiro de caballos. Aquel callejón era tan angosto y estaba tan mal empedrado que los carreteros que intentaban girar ahí se dejaban la lanza partida en el intento. Imagina el ruido de la madera crujiendo y a un cochero del siglo XVI poniendo verde a media ciudad. Ese estropicio, repetido lo bastante como para que el barrio le pusiera mote, es lo que hoy sigue escrito en una placa a dos pasos de un Fnac.
Para el próximo paseo
Si te apetece comprobarlo, tienes dos planes de dificultad muy distinta. Uno se hace en una mañana larga: Sol, Cibeles, Ventas, Ciudad Lineal, San Blas, y una foto final a la placa de Alcalá rodeada de naves industriales. El otro se hace en veinte segundos y con bolsas de la compra en la mano.
Y si después de mirar tantas placas te entran ganas de tener la tuya, en el generador de placas de tucalle.com puedes montarte una con el nombre que quieras, con la tipografía y el marco de las de verdad. Nadie te va a pedir que justifiques los metros.