Te ha pasado. Vas a una dirección, sales del metro y empiezas a mirar portales. Encuentras el 41, el 43, el 45… y detrás del 45 aparece un 45 duplicado, luego un 47 que resulta ser la puerta de un garaje y por fin el 49, que es donde tenías que estar desde el principio. Enfrente, mientras tanto, los números van por el 60 largo. Y uno se pregunta si esto lo pensó alguien o pasó sin más.
Lo pensó alguien. Otra cosa es que ciento cincuenta años de derribos, ensanches y fincas partidas hayan dejado la regla original llena de parches.
Desde dónde arranca el número 1
La norma básica del callejero madrileño es que una calle empieza a contar por el extremo más cercano al centro de la ciudad, tomando como referencia histórica la Puerta del Sol. De ahí hacia afuera van creciendo los números.
En las calles radiales, las que salen del casco antiguo como si fueran radios de una rueda, esto se ve a la primera: el 1 está pegado al centro y los números altos quedan hacia la periferia. En calles transversales, en las que no apuntan a ninguna parte o en barrios que crecieron a su aire, la lógica se vuelve mucho menos evidente para el que pasea. La regla sigue ahí, pero el punto de partida no siempre resulta obvio a pie de acera.
Ese detalle explica bastantes despistes. Si entras a una calle por el extremo equivocado y ves un 112, tu instinto te dice que camines en una dirección… y casi siempre es la contraria.
Pares a un lado, impares al otro
La otra regla es la que todos intuimos aunque nadie nos la haya explicado: los números impares y los pares se reparten cada uno en una acera. Colocándote al principio de la calle y mirando hacia donde crece la numeración, los impares te quedan a la izquierda y los pares a la derecha.
El sistema tiene una ventaja práctica evidente: si buscas el 78 y estás en el 61, ya sabes que tienes que cruzar. Y una consecuencia menos agradable, que es que las dos aceras casi nunca van sincronizadas. El 45 no tiene por qué estar frente al 46. Basta con que un lado tenga fincas estrechas de dos portales y el otro un edificio largo de esquina a esquina para que la correspondencia se desplace veinte o treinta números. En calles con un colegio, un cuartel o un solar grande a un lado, el desajuste puede ser brutal.
El bis, el duplicado y las letras
Aquí está el origen de casi todos los sobresaltos. Cuando una finca se parte en dos, o cuando se construye algo nuevo en un hueco que antes no existía, el Ayuntamiento tiene un problema: no puede meter un número entre el 45 y el 47 porque no hay número entre 45 y 47. Renumerar la calle entera significaría cambiar el DNI postal de cientos de vecinos, así que la solución es añadir un apéndice al número existente.
- Bis: la segunda entrada asociada a un mismo número original.
- Duplicado (verás la abreviatura dup. en documentos y en el callejero): la misma idea, con otra etiqueta heredada de otra época administrativa.
- Letras: 45A, 45B, 45C, muy habituales en promociones que dividen una parcela grande en varios portales.
- Accesorio: entradas secundarias, normalmente locales o garajes, colgadas del número principal.
Y luego están los números que existen sobre el papel pero no sobre el terreno. Un solar vacío conserva su número asignado a la espera de que alguien construya. Un edificio derribado deja un hueco en la secuencia durante años. Una puerta de garaje o una salida de emergencia puede tener número propio sin ser la entrada de nadie. Cuando dos fincas viejas se juntan para levantar una nueva, el edificio resultante se queda con un número y el otro desaparece del mapa sin más aviso.
Aparte queda el s/n, «sin número», que se usa para lo que no encaja en la secuencia: kioscos, instalaciones, edificios sueltos en una parcela sin fachada clara a la calle.
Plazas, glorietas y otros líos
En las plazas la lógica de las dos aceras no sirve, porque solo hay un lado: el perímetro. Ahí la numeración es correlativa, siguiendo el contorno de la plaza sin separar pares de impares. El 8 está justo al lado del 7 y del 9, sin nadie enfrente. Lo mismo ocurre en glorietas, en callejones cerrados y en algunas plazas interiores de barrio.
Antes de esto, Madrid se numeraba por manzanas
Y aquí viene la parte que se puede ver todavía paseando. Antes de que existiera la numeración calle a calle, las casas de Madrid se identificaban por manzana. La referencia es la Planimetría General de Madrid, el enorme trabajo de medición impulsado bajo el marqués de la Ensenada a mediados del siglo XVIII, que dividió la ciudad en manzanas numeradas y levantó plano y descripción de cada casa, con su propietario, sus medidas y sus cargas.
Una dirección de entonces no decía «calle tal, número tal». Decía manzana tal, casa tal. Funcionaba razonablemente bien para lo que se había hecho, que era saber quién tenía qué y cuánto debía pagar, y funcionaba fatal para lo que hacemos nosotros, que es buscar un portal con prisa.
A lo largo del siglo XIX se pasó al sistema por calles que seguimos usando. Pero en algunas fachadas del Madrid antiguo todavía sobreviven las placas o los azulejos con el número de manzana, a veces medio comidos por la pintura, a veces junto a la placa moderna. Si paseas con la vista un poco alta por el entorno de la plaza Mayor, por el barrio de las Letras o por las calles estrechas de La Latina, acabas encontrando alguna.
Merece la pena hacer el ejercicio al revés alguna tarde: elegir una calle del centro, ponerse en el extremo que mira al Sol y caminar hacia afuera contando. Se ven los saltos, los bis, las letras y los números que ya no llevan a ninguna parte, y de paso se entiende por qué el portal de casa no cuadra con el de enfrente.
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