Sales del metro en Aluche y echas a andar. Illescas. Luego Camarena. Después Maqueda, Escalona, Ocaña, Seseña, Tembleque. A los diez minutos te da la sensación de que alguien desplegó el mapa de la provincia de Toledo encima del asfalto y lo dejó ahí, con sus pueblos ordenados como quien coloca cromos.

No te lo estás imaginando. Y lo mismo te pasa si caminas por Portazgo, en Puente de Vallecas, donde de pronto todo son montañas: Peña Gorbea, Sierra Carbonera, Sierra Toledana, puertos de sitios que nunca has visitado. O si te pierdes por el Barrio del Pilar y vas encadenando Ginzo de Limia, Monforte de Lemos, Betanzos, como si el callejero se hubiera ido de fin de semana a Galicia.

Detrás de todo esto no hay un capricho poético. Hay un funcionario con un plano encima de la mesa y un problema muy concreto.

Cien calles y ningún nombre

Imagina la escena. Años sesenta, Madrid recibiendo gente a espuertas desde el campo. Un promotor levanta un polígono entero en lo que hasta anteayer eran huertas y descampado: bloques de ladrillo, seis alturas, patios interiores, una parroquia y un mercado. El plano llega al Ayuntamiento con noventa viales trazados y noventa huecos en blanco donde debería poner algo.

Y no es un problema estético: es que sin nombre no hay dirección, sin dirección no hay padrón, ni cartero, ni escritura de la vivienda, ni ambulancia que sepa a dónde va. Los vecinos van a empezar a mudarse en unos meses. Hay que bautizarlo todo, y hay que hacerlo ya.

Ponerse a buscar noventa personajes ilustres, uno a uno, con su justificación y su expediente, es un trabajo de años. Elegir un tema y tirar de él es cuestión de una tarde con un atlas abierto. Pueblos de Toledo. Ríos de España. Sierras y puertos de montaña. Corregidores de la villa. Pintores. Oficios.

La serie resolvía tres líos a la vez

El primero, la velocidad, que ya hemos visto. El segundo era más gordo de lo que parece: los nombres repetidos. Madrid se había tragado pueblos enteros en los años cuarenta y cincuenta —Vallecas, Carabanchel, Chamartín, Fuencarral, Vicálvaro, Barajas y unos cuantos más—, y cada uno venía con su calle Mayor, su calle de la Iglesia y su plaza de la Constitución debajo del brazo. El callejero era un campo de minas de duplicados que tardó décadas en desactivarse. Un bloque temático virgen es la garantía perfecta de que ninguno de tus noventa nombres nuevos choca con nada que ya exista.

El tercero es el que más agradece el vecino: orientarse. Cuando alguien te dice que ha quedado en Sierra Carbonera, no necesitas mirar el mapa para saber que estás hablando de Vallecas. Si oyes Camarena, es Aluche. La serie funciona como un apellido: te dice de qué familia es esa calle antes incluso de que sepas dónde cae.

El callejero te dice la edad del barrio

Y aquí viene lo divertido, porque una vez que le coges el truco ya no puedes dejar de verlo. Los nombres de las calles funcionan como los anillos de un tronco: te cuentan cuándo se plantó cada trozo de ciudad.

Moratalaz y sus corregidores

Mi favorita, por lo poco intuitiva que resulta, es la de Moratalaz. Allí te encuentras un desfile de calles que empiezan igual: Corregidor Alonso de Tobar, Corregidor Diego de Valderrábano, Corregidor Juan de Bobadilla. Pregunta a los vecinos quiénes eran y la mayoría te dirá, con toda la razón del mundo, que ni idea.

Eran los cargos que gobernaban la villa en nombre del rey antes de que existieran los alcaldes tal y como los entendemos hoy. Un barrio nuevo, levantado sobre lo que era campo, terminó convertido en el archivo de una institución que llevaba siglos muerta. Al urbanista le vino de perlas: había nombres de sobra en los legajos y ninguno de ellos iba a repetirse en otro punto de Madrid.

El precio de la comodidad

Todo esto tuvo un coste, y se nota cuando paseas. Un callejero por series es tremendamente eficiente y bastante frío. Las calles de un barrio hecho por bloques no recuerdan lo que pasó ahí: recuerdan lo que había en el atlas que tenía a mano quien las bautizó. La historia del propio barrio —la fábrica que estuvo antes, el arroyo que se entubó, la gente que llegó de fuera y levantó las casas— casi nunca aparece en la placa.

Por eso los nombres que se salen del guion cantan tanto. Cuando en mitad de una tanda de pueblos manchegos aparece una calle con nombre de vecina, de asociación o de una vieja finca, casi siempre hay detrás una historia local que se peleó por colarse. Esas son las que merecen una parada.

La próxima vez que salgas a andar por tu barrio, haz la prueba: apunta cinco nombres de calles seguidas y busca qué tienen en común. Si la respuesta aparece a la primera, ya sabes cómo se hizo el sitio donde vives. Y si te entran ganas de tener esa placa en casa, en tucalle.com puedes montarte la tuya con el nombre que quieras, con el mismo aire de las que llevas años viendo sin mirar.

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